Ojo con los charcos y las Haojin de campo!

Pues sí, había bicis de paseo y scooters clásicas y eléctricas de lo más aburridas, pero en un lugar apartado tras el parque en una isla llamada Colón, en Bocas del Toro, Panamá, encontramos a un viejito que alquilaba su más vieja Haojin de campo a un precio bastante asequible.

La máquina estaba un poco castigada: sin detalles superfluos como espejos, matrícula ni intermitentes (que funcionasen), la motico mostraba cicatrices de su abuso como estribos inclinados hacia abajo (parece una tontería pero incomoda mucho en la conducción, creedme) y algunas huellas en la chapa.
Para culminar, un par de cascos jet, bañadores y unas chanclas de playa cerraban el círculo perfecto para disfrutar de un día de moto por las playas, montañas y carreteras de la isla. Mi preciosa y recién estrenada mujercita quería darme el gusto ya que me había quedado sin poder alquilar un sidecar Ural que el dueño justo había retirado de la tienda.

Cuesta cambiar de marcha sólo con el dedo gordo, pero a todo te haces. Hay que mantenerla bien revolucionada, la señora se ahoga y se apaga a la mínima, y el ruido que hace te muestra de todo menos discreto, nuestro aspecto era bien clarito desde kilómetros: dos guiris locos con mochila en una cafetera bicentenaria.

Cogimos carretera y tiramos hacia Playa Bluff, emblemática playa surfista hacia el norte de la isla. Comienzo a pisar tierra con toda la ilusión del mundo, es la primera vez que lo hago con una moto de campo y el estreno iba a ser de aupa: a la izquierda la pared del monte, a la derecha a medio metro se deshacían las olas. En medio, un par de metros de barro de playa y charcos alternos que esquivo con cuidado. Llegamos a donde está los surfistas, aparco a un lado, nos bajamos y le tiro un par de fotos. Nos mojamos los pies y pasamos el rato.


Volvemos al ajo, nos subimos y seguimos de frente, cada vez vamos entrando más y más en el bosque, la selva, qué coño. Subidas, bajadas, caminos de guijarros, barro y charcos que antes esquivaba con todo cuidado y ahora busco y avasallo empapándonos hasta la cara: ¡¡qué divertido!!


Pasamos una zona de barro bien espeso, un ciclista tuvo que bajarse y echar la bici al hombro, nosotros pasamos a pelo con cuidado, sacando los pies y sintiendo como gran victoria el paso del obstáculo.
El camino sigue paralelo a la enorme playa, cuando nos cansamos nos damos la vuelta y todo guay, más charcos, más baches, más confianza, más velocidad. Pasamos un puente de madera y según paro la abuela se ahoga y se muere ¡¡!!


Se ahoga, se ahoga y no sale a flote. Me daba apuro machacar como lo hacía el interruptor de encendido, pero no había otra; el arranque a patada ni siquiera sé cómo funciona (a parte de bajar la palanquita, ¿qué sea hace? se desembraga y embraga para que no se vaya, ¿no?) y la moto no hacía ya ni el amago, ni el ruidito de intentar arrancar, estaba desmayaíta.

Empujamos unos metros, suerte que no pesa como mi CBR, y paramos en un punto. Dedujimos que se había mojado demasiado y ya no había manera de hacerla arrancar. Tras el sillín, a la izquierda, estaba la batería, en una caja de plástico totalmente abierta por la que habría entrado el agua a espuertas, ¡seré cebolla! El abuelo (el tío mamón) tampoco había dado mayor instrucción que “Devolvédmela como os la dejo, con gasolina hasta arriba”. Ni pedal de arranque, ni starter, ni batería, ni agua, ni ná de ná. Además de que si nos llega a llover (como llueve allí) se habría ahogado igual. En fin, abandonamos el camino del bosque (que los mosquitos nos iban a poner buenos) y nos sentamos en la playa desierta a hacer tiempo a que se seque (que con una humedad del 90%, no te digo ná lo que habría que esperar) y a mirar el mar, que está bien enfadado allí y no puedes pasar de mojarte las pantorrillas si no quieres llevarte un buen arrastrón.

Al cabo de una media horita volvimos a echarle un ojo: caca. Hacía un poco más de ruído pero ni de lejos iba a arrancar. El plan era seguir intentándolo y o dejarla lo más cercana a la civilización posible y luego ir a decírselo al señor para que buscara la manera de traérsela (qué le vamos a hacer, además no nos pidió ninguna documentación) o buscar un taxi (allí son casi todos tipo pick-up) y remolcarla sin problema hasta el puestecillo aguantando la bronca que nos pudiera echar el hombre. Pero de momento seguimos intentando arrancarla a base de empujar, soltando embrague y dando culadas “que sí hombre, que esto lo he visto yo mil veces en Colombres y en La Bañeza, fácil-fácil”.
“Fácil-fácil” y una leche. Al equisésimo intento casi lo conseguimos. Volvemos a intentarlo: mi santa esposa y compañera de aventuras empuja la moto mientras yo, con la primera o segunda metida suelto embrague y empiezo a dar acelerones en medio de la jungla como si me fuera la vida en ello. ¡¡Éxito!! Ale sube corriendo a la jaca y salimos de allí echando mistos. Volvemos esta vez esquivando los charcos (a base de mamporros de mi novia “¡¡Tú más que nadie tendrías que saber que estas motos no deben mojarse!!”) y recorremos todo el camino de vuelta hasta por fin alcanzar de nuevo el bendito asfalto.

Ya más tranquilos, sabiendo que podremos volver a arrancarla si vuelve a pararse, seguimos ruta al norte, a dar la vuelta a la isla pero por otro lado. Paramos en unas cuevas que nos encontramos, donde te facilitan una linterna y al lío. Murciélagos, arañotas y una increíble diversidad vegetal que reina a la entrada (y que daría para mil historias más). Damos una vuelta y volvemos a subirnos a la abuelita y furiosa monocilíndrica, que vuela (máximas de hasta 80km/h por las curvitas de un mucho mejor asfalto de lo esperado en la isla.

Como detalles técnicos, ¿qué decir? un sonido fuerte y chillón, no como los scooters urbanos sino un poco más ronco y bruto pero muy sonoro. Potente, con el tirón de un monocilíndrico nervioso (de 100, 125 o 150cc, ni idea del modelo). Unos frenos bastante lamentables, unas retenciones demasiado bruscas para repetirlas muy a menudo yendo a dúo y en chanclas y unas marchas que entraban a patadas (pero patadas). Eso sí, un juguete que subía todas las cuestas que le pusieras por delante sin ningún problema, realmente divertido, y eso con dos personas, una mochila y un montón de años encima.


A la vuelta llenamos el depósito con un par de dólares para unos treinta kilómetros (me parto) y se la devolvimos al señor con más barro que grasa. Alguien le entretuvo de charla y no tuvo mucho tiempo para preguntar qué habíamos hecho o dónde habíamos estado.

Aquí la prestigiosa empresa asiática Haojin: y sus especificaciones técnicas.

¡¡Una experiencia de un diez!!

Conclusión: Quiero una moto de campo, ya!!

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